Una reflexión sobre la mirada masculina, la belleza y la libertad de ser
Empecé a maquillarme con 12 años. Ni siquiera iba al instituto todavía, pero ya sentía que sin un poco de corrector y rimmel, no estaba “lista” para salir. Nadie me obligó, nadie me lo dijo directamente, pero ahí estaba esa presión sutil, esa sensación de que mi cara al natural no bastaba.
Recuerdo que, con 18, decidí probar a no maquillarme durante un tiempo. Fue un gesto muy pequeño, pero pareció enorme. Lo hice como una especie de reto interno, como si quisiera saber quién era yo sin ese “extra”. Pero lo que encontré en el espejo fue extraño: no me reconocía. Me veía rara. Menos guapa. Más apagada. Como si algo que formaba parte de mi identidad no estuviera.
Hoy, después de casi 20 años sin maquillarme todos los días, aún me sorprende lo automático que es pensar que “me veo mejor” cuando lo hago. Aunque ya no lo necesite, aunque haya trabajado mucho mi autoestima, esa idea sigue ahí. Agazapada. Persistente. Y eso me hace pensar: ¿cuántas de nuestras decisiones, incluso las más pequeñas, están marcadas por una mirada que no es la nuestra?
La mirada que aprendí a tener (sobre mí misma)
Desde niñas aprendemos que ser vista es casi tan importante como ser. Que nuestra presencia debe agradar. Que nuestro cuerpo será observado, comentado, evaluado. Y así, sin darnos cuenta, acabamos viviendo bajo una especie de escaparate invisible.
A eso se le llama la mirada masculina (o male gaze). No es una persona en concreto, sino una forma cultural de mirar a las mujeres: como cuerpos para ser deseados más que como personas completas. El concepto viene del feminismo, y fue Laura Mulvey quien lo analizó en el cine allá por los años 70.
Pero esa mirada no se queda en las películas. Está en los anuncios, en las redes, en los piropos callejeros, en los filtros de TikTok, en las comparaciones silenciosas entre amigas. Y, sobre todo, puede instalarse dentro de nosotras. Como una cámara imaginaria que nos sigue a todas partes. Como una voz que nos susurra si estamos “bien” o “mal” según cómo nos vean los demás.
¿Qué me ha hecho esa mirada?
Lo más duro es que con el tiempo una empieza a mirarse como desde fuera. A corregirse constantemente. A dudar de si está bien sentarse así, reírse así, vestir así. He sentido que mi autoestima tambaleaba si no me sentía “suficientemente arreglada”. He vivido esa ansiedad que viene incluso estando sola, porque ya no hace falta que haya alguien mirando: aprendí a hacerlo yo por ellos.
He pasado etapas de desconexión con mi deseo real, priorizando gustar antes que desear. He sentido vergüenza corporal en momentos íntimos, como si una parte de mí no pudiera desactivar esa mirada, ni siquiera en lo privado. Y sí, he gastado mucha energía —física y mental— en “estar bien”. Aunque nadie lo pidiera. Aunque nadie lo valorara tanto como yo pensaba.
Resistir la mirada masculina, recuperar la mía
No hay una solución mágica. Pero sí hay caminos. Para mí, resistir esa forma de mirar aprendida no significa dejar de cuidarme, sino empezar a hacerlo desde otro lugar. Desde el respeto, desde el deseo propio, desde la libertad de ser.
Algunas cosas que me ayudan:
- Ponerle nombre a lo que me pasa: Cuando me siento incómoda con mi imagen o insegura, me pregunto: ¿De quién es esta mirada? ¿Mía… o aprendida? Solo el hecho de reconocerlo me devuelve algo de poder.
- Detectar cuándo me auto observo: A veces noto que cambio mi forma de andar, de sentarme, de hablar. Me corrijo antes de que alguien diga algo. Cuando me doy cuenta, respiro y vuelvo a mi cuerpo. Le agradezco por sostenerme. Por ser mío. Por estar sano y permitirme ser.
- Buscar otras formas de belleza: Me esfuerzo por rodearme de imágenes distintas: cuerpos reales, arte hecho por mujeres, historias contadas desde el deseo propio y no desde la complacencia. Eso también educa la mirada.
- Habitar mi cuerpo desde dentro: Hacer yoga, escribir, bailar sin juicio, caminar sin música. Son formas que tengo de reconectarme. De recordarme que mi cuerpo no está aquí para ser visto, sino para ser vivido.
- Hablarlo en voz alta: Cuando hablo de esto con amigas, con otras mujeres, algo se libera. Nos reímos de nuestras contradicciones. Y nos sentimos menos solas.
Por supuesto no sé si será algo que algún día llegue a superar, pero estoy en camino. Pero lo que sé hoy es que elegir cómo quiero mirarme es un acto radical. Y también sé que prefiero que mi hija de 2 años juegue a ser el un cocodrilo que un hada bonita, que cante y baile con todo su ser y que se reconozca cuando se mire al espejo.
Quiero que mi hija no tarde décadas en reconocerse al natural y quiero seguir aprendiendo a mirarme con ternura, sin filtros, sin condiciones. Porque merecemos no ser solo vistas. Merecemos ser.